Para el chico de gastro
Tuve un sueño y tú estabas ahí…
“Maldita mi suerte de sólo en sueños verte, de amarte a perderte…”
Yo por fin aprendí a volar… me gusto tanto que lo hice todo el tiempo, sólo que el alambrado de luz no me dejo llegar más lejos: decidí bajar.
Todos me esperaban: papas, hermanos, amigos y hasta vecinos (¿qué raro, no? Hasta donde yo sé, a algunos les caigo mal, ja ja.); todos, menos tú. Al percatarme de esto, el cielo se empezó a oscurecer, y en ese momento tu recuerdo se posó en mi cabeza y un poco más abajo… sí, ahí donde la herida sigue abierta. Lo de abajo se conecto con lo de arriba y surgió un pensamiento: YO quiero estar con él (sí, con el chico de siete hermosas letras). Y levante el vuelo muy alto, esta vez nada me lo impidió, hasta tener el panorama de toda esta enorme ciudad.
A pesar de que sabía que la tormenta se acercaba, surque los cielos hasta llegar al pedazo de tierra en la que alberga tu escultural figura: bajé hasta tu ventana (supe que era tu ventana porque algún día me lo hiciste saber y hasta en sueños lo recuerdo) toqué, pero nadie me abrió, así que decidí bajar hasta el jardín y ahí estabas tú –quizás esperándome, no lo sé, pero ojala y sí – me miraste como lo sueles hacer: queriendo encontrar algo, yendo más allá de las pupilas, ¡qué alegría sentí!, pero no dijiste ni una sola palabra, a lo mejor porque te sorprendió – tanto como a mi – verme ahí. El silencio reino un rato y desperté… desperté con el anhelo de volar hasta tu lado…
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